Al pensadero

Tengo tres recuerdos nítidos que me ponen la sonrisa brillante y sacan mi lado más infantil:

  • Tú y yo, esa noche luego de esa cena en la pizzería bonita, con el vestido de lazo en la espalda. No necesito decir más.
  • Tú y yo caminando apurados para no perder el tour del día, sonríes, me miras y me dices:

– ¿por qué eres tan dormilona?
– ¿yo? tengo el sueño ligero – respondo confundida
– Mentira, intenté despertarte a media noche y…
– ¿y para qué? – sonrío mirándote a los ojos porque la respuesta es obvia
– Ya hiciste que recordara para qué… – lo acomodas sonriendo, sonrío yo también mientras te veo hacerlo y te beso entre risas.

  • Yo arrodillada en tu lado de la cama, tú parado frente a mí sosteniendo con ambas manos los rulos, en ese entonces recién cortados, me das un beso en el pómulo y me susurras “qué lindo te queda el cabello corto”.
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Fórmulas

Cuando eres chica y por alguna razón te sientes triste y decides contárselo a algún adulto, por lo general te responden “espera que seas más grande, eso no es nada”. En ese momento no tiene sentido, ¿qué puede ser peor que todos vayan a la fiesta menos tú o que te hayas caído delante de todos en clase de educación física?

Y sí, la verdad es que eso no es nada. Parece que fuera una ley, como si una hada madrina te siguiera y se encarga de calcular el tamaño de tus problemas o golpes en base a la edad, la cantidad de “golpes” y la magnitud de ellos… todo elevado al cuadrado y ¡bibidi babidi bum!

A veces quieres ser niña otra vez, huir, hibernar, ponerte en pausa, tener el giratiempo de Hermione. Otras veces sólo sigues, acostumbrada, cada vez más fuerte, más sabia, a paso firme y sin prisa porque ya sabes que en cualquier momento vuelve de nuevo y bibidi babidi bum.

 

Charlie

Era mi primer día en la escuela como profesora. Eran las tres de la tarde cuando salí del salón y me encontré con Charlie trepado como monito de la baranda con medio cuerpo en el aire. Lo vi, me asusté, le pedí que por favor se bajara indicándole que podía hacerse daño a lo que él respondió de forma majadera: ¿y a ti qué te importa?.

Mi buen humor hizo que no siguiera con esa conversación y fuera a buscar a una persona que lo conociera para que hablara con él ya que no quería exponerme a respuestas más groseras. Charlie se sorprendió de mi reacción, debe haberle sorprendido que no le rogara, que no le gritara por malcriado o de que no lo bajara a golpes, así que decidió bajarse solo y me siguió. Bajamos las escaleras mientras él me preguntaba mi nombre y yo el suyo. Feliz por el nuevo amiguito de 7 años que acaba de hacer y con un poco más de confianza le pregunté dónde estaba su papá y por qué el estaba solo en un colegio de secundaria y él me respondió con toda la naturalidad de un niño “Abajo. Borracho.”. Traté de disimular la sorpresa porque en la sierra muchas veces eso es común y le pregunté por su mamá. El frío que recorrió mi cuerpo luego de escuchar el “muerta” de Charlie fue muy intenso, me pregunté por qué Dios me había hecho tan preguntona. Esos minutos en los que no sabes cómo continuar con una conversación, en los que piensas qué es lo que se debe decir, si disculparte o seguir preguntando, se me hicieron larguísimos y creo sin duda que ese fue uno de mis primeros golpes con la realidad.

Le ofrecí a Charlie galletas y nos fuimos conversando a la tienda, como si nada hubiera pasado, como si la pregunta tan incomoda no se hubiera pronunciado, como si no acabara de recordar que su madre había muerto, mientras yo no dejaba de pensar en eso. Ahora tenía sentido que un niño de 7 años andara con la ropa toda sucia y rota, en un colegio de secundaria colgando de un segundo piso y respondiendo de forma majadera a todo aquel que le diera una orden.

Desde ese día Charlie fue a visitarme al colegio por las tardes al menos dos veces por semana, jugábamos en la biblioteca, ordenábamos los libros en series para practicar las multiplicaciones que le hacían en la escuela, comíamos golosinas y leíamos.

Después de tres meses, el día que me fui él se despidió de mí como si nada, como si no fuera a extrañarme, como si no hubiera compartido conmigo y tuve que pedirle un abrazo porque yo sí lo necesitaba y lloré.

Hace tres días volví a verlo, le lleve ropa, juguetes, comida, desayunamos juntos, caminamos, nos reímos y también tuve que volver a llorar cuando volví a despedirme de él. Pero esta vez no fue igual, esta vez hubieron promesas de por medio, una visita al año a cambio de estudios y obediencia. Ahora sabe que no lo dejé yo también, que no tiene que hacer tan duro a su corazón desde tan chiquito, que así como la vida te quita también te da. A él sin duda le ha quitado más que a mí y a mí sin duda me ha dado más que a él. Me ha dado a Charlie y una promesa que no voy a romper.

Recordatorio

Inmarcesible: Adjetivo. Que no se puede marchitar.
Sinónimos: eterno, perpetuo, perenne, inmarchitable.
Antónimo: efímero.
Ejemplo: Amor inmarcesible.
Calificada como una de las palabras más bonitas del español, ¿y cómo no?

Hoy la llevo en el hombro de forma perenne como recordatorio de todas esas veces en las que logré no marchitarme y, a la vez, para mantenerme a flote por todas esas veces que vendrán. Porque sé que vendrán más, difícilmente más duras, pero ¿qué puedo decir? A veces ni yo misma dejo de sorprenderme.

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Sincera

Hace mucho no escribo, no porque se me haya ido la pasión, no porque no tenga que contar, no porque no tenga tiempo. No escribo porque no he querido. Uso este espacio para ser sincera, para ser yo y dejarme fluir sin que me juzguen porque nadie aquí me conoce y ni aún así he querido contarles la verdad.

Desde que he vuelto no soy la misma, tampoco lo era cuando me fui pero cuando me fui era una yo llena de ilusión. He vuelto y no sé que soy. Mis ideas han cambiado, me gustan y me enorgullecen pero no están claras, no son nítidas, vienen muchas a la vez y no sé cual coger, no sé si quiero coger una. Mentira. Sí sé, quiero coger una pero no me siento capaz.

Estoy en medio de una crisis, no me arriesgo porque cuando lo he hecho las cosas no me han salido como debieron de salir. Sí. No he dicho mal, tampoco he dicho bien, sólo que no salieron como se suponía que tenía que salir, como a todos los demás les sale.

En mi cabeza nada se planea, soy todo incertidumbre, no decido hasta que tengo que decidir. Son segundos en los que pienso y de manera espontánea actúo y muchas veces pienso bien. Muchas otras no tanto. Pero si voy a ser dura conmigo también me puedo dar un premio porque soy ágil y hábil pero eso es sólo cuando conozco mi entorno. Cuando estoy en mi zona de confort.

No quiero estar en mi zona de confort, me han dicho que ahí no creces y es verdad. Salí, no me fue “como debería” y volví a donde estaba pero ya no soy la que se fue. No sé si crecí pero mis ideas cambiaron. Encontré un propósito y lo perdí y he perdido muchas cosas en la vida pero nada me ha dolido tanto como perder un propósito.

Y sí, sé que ya identifiqué el problema, y la solución es fácil: encuentra otro propósito. Ya, lo encuentro ¿y? ¿si no sale cómo debería de salir qué? ¿luego qué?

Han pasado seis meses. Soy miedos, dudas, volver me está absorbiendo, la rutina y el pago por la rutina me están dañando. Quiero salir de la zona pero tengo miedo de tener que volver. Otra vez.

Pasión

A mí la pasión es eso que me hace hablar cada vez más rápido y más alto, lo que me hace decir ¡ya! sin pensar en las responsabilidades que tengo y en las consecuencias de lo que hago. Si me brillan los ojos, si voy caminando dando saltitos, si lloro en la calle a pesar de que me miren, si hablo de mis sentimientos en medio de una pelea, si habló más de 30 minutos sin parar, no puedo evitar hacerlo. Soy apasionada y no podré nunca ser de los que dejan una discusión a medias, de los que huyen antes de que los lastimen, de los que están ahí, seguros y tranquilos y casi no están, de los que callan por vergüenza, de los que respiran pero no viven.